domingo 11 de octubre de 2009

Burlar a un burlón tiene cien años de perdón

Burlarse del prójimo debe de ser uno de los entretenimientos más antiguos de los seres humanos. Uno de los que más momentos de hilaridad ha proporcionado a la humanidad. Sospecho que cuando Adán mordió la manzana, ya había en el árbol una ardillita desternillándose de risa. Yo misma a menudo me divierto sobremanera a costa de mis semejantes. Quiero decir que si alguien se cae de culo en un charco, es probable que me dé un ataque de risa antes de poder echarle una mano, tanto más si la persona que se cae es amiga mía. Por eso mismo el día que me pase a mí, (la ley del karma es sabia y justiciera) tampoco pretendo que quienes tengan la suerte de presenciar un acto tan ridículo y patético contengan su hilaridad. Claro que sí, que se rían, que disfruten de mi infortunio sin culpa ni pudor! Son cosas que pasan y en estos casos siempre es mejor reír que llorar. De hecho ahora me está viniendo a la mente una situación que a mi acompañante le pareció de lo más jocosa: íbamos Jonás y yo paseando una soledada tarde de verano por el centro de la ciudad, cuando de pronto se plantó delante de mí un diabólico niño, me apuntó con una pistola y me disparó directamente a la cara un chorro de agua que me dejó al tiempo ciega y empapada. En cuánto pude secarme los ojos salí corriendo detrás de aquel mocoso vacilón gritando mil improperios dignos de tebeo. Ni qué decir tiene que Jonás casi se mea de la risa. En fin, la cosa se quedó en eso: en mi asombro, en el susto de muerte que se llevó el crío cuando me vio perseguirle con cara de loca desquiciada y en las risas que pasado el incidente compartimos Jonás y yo.

Pero en las burlas, como en todo en la vida, también hay matices. Y una burla que hiere los sentimientos de alguien injustificadamente con premeditación y alevosía no me despierta el mínimo júbilo. Me refiero a los comentarios maliciosos que pretenden estigmatizar la diversidad y avergonzar a las personas por su rasgos diferenciales. Las bromitas impertinentes y desafortunadas que buscan incomodar al otro: al de fuera, al que habla diferente, al que piensa diferente, al que quiere de forma diferente, al que viste diferente, al que se atreve a actuar de forma diferente. Yo tengo una manera muy fácil de distinguir si una burla es malévola o no: son esas que si me las hicieran a mi, no me harían la más mínima gracia. Y en esos casos, aunque la broma no vaya conmigo, la sonrisa se me evapora, y se me queda cara de palo. O mejor aún: cara de ostia. De la ostia que le daría en ese mismo momento al gracioso de turno.

Afortunadamente de la ley del karma nadie se burla impunemente. Hace poco presencié una de las situacines más hilarantes y reconfortantes de mi vida: un cansino, fastidioso y reincidente burlón soltó una de sus impertinencias supinas y al mirar complacido al resto del grupo en busca de su aprobación, se encontró con un silencio unánime que lo dejó solo ante su propia estupidez. Qué momento. La cara del imbécil era todo un poema. Y por si fuera poco alguien que pasaba por allí le arreó una sonora colleja que lo colocó exactamente dónde se merecía: en el protagonista de su propia burla. Ja! ¿Qué te parece Cholito? Esa sí que fue buena. Muchísimo más que si se hubiera caído de culo en un charco. Porque además, cuánto más balbuceaba, más cara de bobo se le quedaba y más divertido resultaba su patético chapoteo. Desde luego que no me gustaría estar en su lugar pero en este caso no me contuve lo más mínimo. La diferencia es clara: su conducta sí merecía un escarnio público. Así que me reí tanto cuánto quise sin sentir el mínimo atisbo de culpabilidad. Es más, casi me sentí partícipe de un acto de justicia divina. Y me reí por mí y por todos aquellos que en algún momento tuvieron que soportar su venenosos dardos. Ya lo dice la sabiduría popular, que para algo está sembrada de verdades como puños: burlar a un burlón tiene cien años de perdón.

domingo 30 de agosto de 2009

Ahora sí

quiere decir básicamente
que antes no.

miércoles 29 de julio de 2009

Pisa fuerte, que no es verdad

No es verdad que los Reyes son los padres
Que si eres buena las malas se van
Que hay que poner siempre la otra mejilla
Que si cierro los ojos se me pasará el miedo
Que el tiempo todo lo cura y todo lo sana.
Y una mierda. Todo eso no es verdad.

No es verdad que la mala vida te llena de cosas buenas.
Que la angustia produce estados de lucidez
Que la desesperación por sistema te hace fuerte
Que la frustración te eleva y te da alas
Que todas las princesas llevan falda.
Y una mierda. Todo eso no es verdad.

Morena, hasta aquí y no más.
Arranca, mira al frente y pisa fuerte
Nos vamos del infierno metafísico sin mirar atrás.

sábado 11 de julio de 2009

Lúcida y genial



De la micropoetisa Ajo

martes 23 de junio de 2009

Todo se transforma

Cada uno da lo que recibe..
luego recibe lo que da..



Nada es más simple..
No hay otra norma..

sábado 13 de junio de 2009

Soldadito marinero

Hay qué ver qué puntería..
no te arrimas a una buena..



Camina despacito.. que las prisas no son buenas..

miércoles 10 de junio de 2009

Sin palabras

El mundo de la semántica funciona al revés de cómo nos lo explicaron en la escuela: No somos nosotros quiénes las escogemos a ellas, son ellas las que deciden hablar por nosotros. Las palabras tienen vida propia, escapan a nuestra voluntad para contar lo esencial, y aunque no queramos, de vez en cuando nos traicionan y nos delatan. Son ellas y no nosotros, las que cuentan lo realmente importante. Por eso si las escuchamos atentamente, también nos ayudan, nos dan pistas y nos guían. Mira por ejemplo la palabra "precipitarse". Es de lo más gráfica, porque quién se precipita, se despeña, se descalabra, da un paso mortal en falso y cae al abismo. De manera que si alguien te dice "No te precipites", por muy tranquilamente que te lo esté diciendo, lo que en realidad te está diciendo es: "¡Cuidado!"

De todos modos, más que lo que dice la gente, a mí siempre me ha gustado escuchar lo que no dice. Lo que oculta, disimula o directamente se empeña en negar. A menudo los silencios, los gestos involuntarios, las miradas perdidas o las palabras a destiempo dan pistas inequívocas de la esencia, del momento, de lo que realmente está pensando o sintiendo la persona que tienes delante. Sí, es una manera mucho más compleja de relacionarse con el mundo (a quién no tenga esta actividad por hobbie, no se la recomiendo, porque entre otras cosas, es larga y agotadora). Y si a una no le resulta placentero el camino, sencillamente no le encontrará el sentido a este viaje. Pero para mí, un ser paciente y contemplativo por naturaleza, es un entretenimiento diario que me conecta con mundos paralelos invisibles que tarde o temprano acaban saliendo a la superficie.

Además se trata de un entretenimiento muy útil, porque las palabras, (las que se dicen y las que se callan) si se toma una el tiempo de analizarlas, son grandes aliadas del entendimiento. Desde luego yo les tengo mucho que agradecer. Especialmente a esas palabras que alguien me dijo serenamente pero con toda la intención del mundo: "No te precipites", y que yo entendí perfectamente con toda su magnitud semántica: "¡¡Cuidado con el abismo!!!". Lo demás fue cuestión de tiempo, el otro gran aliado del entendimiento. De modo que me senté a esperar pacientemente y a observar las pistas del camino: De pronto un silencio extraño, ahora un gesto impertinente, más tarde una mirada huidiza, y finalmente unas palabras traicioneras. Y fue así como sin mover ni un dedo y sin saber que estaba en el mismo ojo del huracán, salí de él con apenas unas magulladuras, pero al fin y al cabo, sana y salva. Y sobre todo: sin palabras.